Rogelio Olmedo, entre el dibujo animado y el mito trágico

Gallinas contoneándose sobre tacones de aguja, liebres y caballos cuya desbocada carrera nos recuerdan las interminables correrías entre el coyote y el correcaminos, lo mismo que las ranas saltarinas replegándose una y otra vez sobre sus frágiles patas. Rogelio Olmedo extrae el impulso de vida que mora en cada ser, ese instinto que nos procura retos insalvables con los que ponemos a prueba nuestra limitada naturaleza. Estos animales de hierro concentran la doble condición de toda fisiología: una energía potencial suprema que contradice la apariencia quebradiza de cada miembro sometido al movimiento.Caballo

Para lograr el aspecto arcilloso de la fina piel revistiendo una estructura ósea que supura nervio y expresión, Rogelio trabaja primero el esqueleto abocetándolo como si de un dibujo se tratara, ensamblando pequeños fragmentos de hierro (a menudo reciclando material que quedó de la forja de otras piezas), para después irlos soldando con hilo de acero y gas. Cada fase del proceso cristaliza en la obra final, lo que configura ese aspecto astillado y membranoso que caracteriza su trabajo.

MinotauroEn todas sus obras busca el movimiento, pero no siempre es un movimiento físico. A veces es puramente una vibración interior, de sustratos mentales, como en el caso del minotauro abatido, el mono filósofo o el profeta cuyos brazos extendidos le dan la apariencia de un espantapájaros con alma sucumbiendo bajo la fuerza del viento. El movimiento, interior y exterior, no se expresa sólo en la anatomía sino también en las sombras que proyectan esos cuerpos vibrátiles.

Rogelio expone Del ojo para adentro en la galería Ca’n Dinsky de Son Servera, Mallorca, hasta el 2 de octubre.

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Ramón Sanmiquel, pintor de iconos

Santa ÁguedaComo un Fra Angelico contemporáneo, Ramón Sanmiquel consigue un extremo refinamiento con la estilización del trazo, el uso de pan de oro y azules que recuerdan al lapislázuli usado en la pintura renacentista. Pero sus mujeres tocadas con nimbos son de carne y hueso, y poco tienen de beatas. Estas adolescentes no son modelos neutras disfrazadas de personajes bíblicos, sino que a través de esta secularización del simbolismo cristiano el artista penetra en la psicología de cada una de ellas. Los rostros individualizados y la carnalidad de los cuerpos cenicientos poseen una inusual fuerza expresiva. Se entabla un diálogo ambiguo entre los valores inculcados desde la moral católica y la sensualidad pubescente. El grado de perversión que creamos descubrir en estas imágenes sirve de barómetro para adivinar el peso indeleble que esa moral tuvo en nuestra educación.

Al repasar el santoral católico, Ramón recupera significativamente aquellas vírgenes mártires que a pesar de sufrir múltiples vejaciones sexuales siendo raptadas y mandadas a prostíbulos (Santa Águeda, Inés, Serapia…), se resistieron a perder su castidad, según cuenta la leyenda. Pensar que esta selección puede ser deliberada le da una vuelta de tuerca a la reflexión acerca de los tabúes depositados por la cultura sobre la seducción de los cuerpos púberes. Los estigmas que graban su piel y los atributos que acompañan estas adolescentes ironizan sobre este poso de prejuicios.Sara Sentada

En otras acuarelas, estas chicas espigadas se muestran sin pudor en la intimidad de su hogar: desnudas, fumando porros, bebiendo vino o, simplemente, languideciendo en el sofá. Incluso cuando posan como elegantes efigies, conservan la naturalidad de su expresión, a menudo turbia y ausente. Son imágenes en las que paradójicamente conviven sublimación y acritud, franqueza y puesta en escena.  Algunos ven en ellas lolitas frívolas, otros descubrirán en ellas frágiles crisálidas que condensan las complejas contradicciones propias de esta etapa de cambios: anatomías mórbidas y ojos como faros que expresan una colisión que nos es familiar entre la pura desidia y los anhelos iEl Sabuesomposibles, entre la búsqueda de placer y la recreación en el dolor.

En los retratos que Sanmiquel realiza de sus amigos, muchos de ellos figuras emblemáticas del Madrid canalla como Toño Camuñas y Alberto García-Alix, reciben apodos y se acompañan de atributos que revelan guiños personales. Participan de ese subgénero inventado por el artista en el que ironiza sobre los sambenitos con los que carga cada cual.

Paisajes nocturnos de Cristina Fontsaré

En los últimos años, las cámaras fílmicas y fotográficas han desplazado sus objetivos desde los centros urbanos hacia las áreas suburbiales. El cineasta Todd Solonz y el fotógrafo Gregory Crewdson son quizás los exponentes más significativos de esta tendencia que descubre en las zonas residenciales el germen de los traumas contemporáneos. En estos reductos idílicos lindantes con la naturaleza afloran miedos endémicos y deseos incumplidos que el ajetreo metropolitano mantenía silenciados. Crewdson opone a la fotografía instantánea una puesta en escena que simula un fotograma, con lo que refuerza la influencia del imaginario cinematográfico en la construcción de estos sentimientos de desarraigo y frustración.

Cristina Fontsaré no es ajena ni a este tipo de fotografía interesada por la estética escenográfica ni al análisis del potencial psíquico de esos territorios situados en el umbral entre lo natural y el artificio. Pero Cristina se separa de esta tendencia americana en primer lugar por la intervención de lo autobiográfico. Sus series fotográficas nocturnas retratan lugares familiares para la artista, cercanos a su casa o por los que transitaba a diario. A primera vista lo personal parece ausente, pero cuando revisitamos esas imágenes nos damos cuenta que es precisamente esa ausencia lo que delata una presencia siempre latente. A diferencia de las fotos de transeúntes noctámbulos que Philip-Lorca Di Corcia rescata del anonimato y el bullicio bañando sus rostros con halos luz eléctrica, los retratados por Fontsaré no nos hacen sentir voyeurs de una realidad ajena. La artista no trata de individualizar a esos adolescentes; más bien adquieren la inconsistencia de un flash mental. El mismo tratamiento recibe la arquitectura de extrarradio: gasolineras, letreros, piscinas, casas aisladas y polideportivos adquieren tintes espectrales. Como dólmenes postindustriales, su rígida geometría se recorta sobre un cielo azul cobalto, y saturados de luz parecen irradiar los últimos destellos antes de fundirse en la nada.

En estas series (desde Visiones nocturnas a Protect me) acontece cierta desposesión de la realidad inmediata, y en este proceso de extrañamiento la artista abraza otra realidad, huidiza en tanto que está más lejos pero también más cerca, donde lo fáctico, lo recordado y lo deseado son inextricables.

Ya Ballard presagió la inquietante belleza de estas zonas arqueológicas del futuro, cuyo vacío sólo puede ser repoblado por fantasmas interiores. Pero no son fantasmagorías siniestras lo que vemos en las fotos de Cristina sino el fruto de una pausada introspección.

La exposicion Protect me puede verse en el DA2 de Salamanca hasta octubre.