Identidades fluyentes

Toda criatura es tránsito, es suma de instantes irrecuperables. La identidad estable es pura ficción. El cambio opera lento pero sin pausa en nuestro interior y en lo externo, en cuerpo y alma. Los retratos de Joaquín Jara, sean pictóricos, escultóricos o fílmicos, expresan de un modo perturbador ese proyecto perpetuo que es la construcción-deconstrucción del Yo. Sus esculturas sufren un proceso involutivo, logrando la plena reintegración en el ciclo natural, como Dafnes mimetizadas con la maleza, o como efigies funerarias gangrenándose en un jardín por siglos abandonado. En su exposición en curso, Jara trasvasa al lienzo retratos que hizo en Super 8, reincidiendo en su interés por plasmar el flujo matérico, ahora en un medio estático.

Los retratos de Sergio Albiac también concentran las tensiones que se generan entre la realidad anímica y el mundo visible. Los rasgos faciales se erosionan, emborronados bajo miríadas de vectores que tejen una compleja trama de caminos intransitables.  Son bocetos generativos hechos por ordenador que pueden o no culminar en pinturas, porque para Sergio no existe un orden lineal entre idea, esbozo y obra pictórica. Por otro lado, el uso de un programa informático no actúa en detrimento de la espontaneidad. El control aparente que supone el uso de un programa informático se ve desmentido por la intervención del azar en cada una de sus obras. En cada caso entra en juego esa relación ambivalente con la tecnología.

Otro autor que expresa mutuaciones interiores es Kai Takeda. F7 es una representación escultórica de una mujer que se está bajando las bragas que con duras penas pasarán por su pie-pezuña. Es un gesto simbólico para mostrar lo que solemos reprimir. Pareciera una delirante interpretación de las mutaciones genéticas que las radiaciones nucleares pueden ocasionar (sobre todo teniendo en cuenta otras esculturas del artista), pero esta mujer mutante responde a un sentimiento más intimista. Estamos ante la imagen de un hombre que muestra su parte femenina, monstruosa para los demás. El naranja es el color de la puesta de Sol, que dura un instante, suficiente para el cambio. Incide en el aspecto crepuscular, pero también naciente, de la identidad.

Los personajes de Ricard Aymar están presentes como ausencias. Rasgos híbridos o en proceso de desaparición, máscaras que revelan tanto como esconden. Embusteros cuyas narices de Pinocho van creciendo hasta devenir un apéndice fálico que acaba suplantando la identidad silenciada, Ícaros cefálicos que perdieron sus cuerpos antes de levantar el vuelo. Criaturas potenciales, para ellas todo es posible porque nada puede concretarse.