Uriginal, la dolce vita en clave pop

La vertiente más crítica del pop art ha ido reflotando a lo largo de las décadas, reactualizándose cada vez que cae en manos de artistas irreverentes e ingeniosos. Ya antes de que fuera acuñado ese término, dadaístas como John Heartfield se sirvieron del lenguaje publicitario como herramienta combativa para lanzar misiles satíricos contra la autoridad. Militantes y comentaristas visuales de toda época conflictiva (¿y cuál no lo es?) se han apropiado de imágenes mediáticas de comprensión universal para llegar al gran público (más allá del consumidor habitual de arte) y despertar su sentido crítico.

GuernicaEn su uso irónico de iconos de la cultura popular, mezclados con referencias a obras maestras de la historia del arte, junto al repaso cáustico de crónicas políticas coetáneas, Uriginal se alinea con ese espíritu ácrata. Tras este seudónimo se esconde un artista callejero que aprovecha las posibilidades de camuflaje que brinda nuestra era informatizada. Como otros hackeadores de la cultura oficial (Luther Blissett, Banksy…)  convertidos en leyendas urbanas por sus personalidades esquivas, Uriginal también burla en la medida de lo posible los conatos de las galerías por obtener sus datos biográficos.

Muchacha mirando al marSu sello estilístico, que estampa por igual en paredes y en lienzos, es inconfundible: en los retratos de figuras públicas, los rostros parecen hechos con retales de papel pintado en diversidad de patrones y tintes, enfatizando el aspecto circense de esos personajes. En sus versiones de pinturas emblemáticas, los referentes de Uriginal van desde Velázquez a Dalí, pasando por Van Gogh, Matisse y Picasso. En Muchacha mirando al mar contamina el idílico mar ampurdanés de Figura de Espaldas de Dalí con residuos radioactivos supurando de bidones y plataformas petroleras incendiándose, paisaje post-apocalíptico observado desde la ventana por la hermana del pintor de Cadaqués que ahora nos muestra su tanga rojo metido entre generosas nalgas. En el caso del Guernica las asociaciones son infinitas, deviniendo un popurrí de dibujos animados: Pluto usurpando el cuerpo del caballo moribundo, la atractiva Betty Boop en el papel de mujer con quinqué, Minni Mouse tomando entre sus brazos su hijo muerto (alias Hello Kitty) ante la mirada impasible del brutal toro metamorfoseado en Mr. Potato. En el imaginario de Uri no podían faltar artistas vedette como Damien Hirst, que con los brazos en cruz se auto-sacrifica por el éxito mimetizándose en una de sus creaciones deliberadamente polémicas, una mujer embarazada con las entrañas a la vista. En sus crónicas de actualidad, expone con símbolos inequívocos la doble cara de los ídolos de masas: el caritativo de Bono sosteniendo a dos africanos con correas de perro, o Farruquito y Ortega Cano brindando por sus triuOrtega y Farruquitonfos respectivos pero con la silueta de un cadáver marcada en el suelo ante el coche del delito convertido, para más inri, en papamóvil.

Los vicios privados y las virtudes públicas salen a la palestra con imágenes de dibujo nítido y colores saturados que compiten en su aspecto atrayente y su capacidad comunicativa con los lenguajes publicitarios, subvirtiéndolos. El puré informativo que Uriginal recombina de forma imprevisible le proporciona un repertorio inagotable, lo que augura al “padre del negro de Banyoles” (única filiación que reivindica) una contrapublicidad siempre boyante.

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