Dime lo que haces y te diré quién eres

La balanza que equilibra nuestra personalidad entre la profesión que ejercemos y lo que realmente somos se inclina cada vez más hacia el primero. Utilizamos las redes sociales para asegurar nuestro anclaje como profesionales de un sector, y nuestra identidad real (asentada sobre un mundo relacional mucho más cercano) se difumina ante la imperiosa necesidad de ir tejiendo esa trama de influencias.

Mireia c. Saladrigues dedicó uno de sus proyectos a una vigilante de la Fundación Miró de Barcelona. Le pidió a Montserrat Saló que escribiera un libro sobre su experiencia como celadora. Una vez editado, los ejemplares de ese diario personal fueron custodiados por ella misma en la sala donde ejercía de guarda jurado. En esta situación Montserrat debió enfrentarse a sentimientos encontrados, porque el ejercicio de sus funciones se veía constantemente interrumpido por el impulso de comunicar a los visitantes la autoría de ese libro que se exhibía sobre una peana.

En un proyecto más reciente, presentado en Onomatopee, Saladrigues retoma la figura de Montserrat. En esta ocasión, la artista disecciona los gestos de la autoridad en una institución museística, personificada en una celadora. La exposición colectiva, Who told you so, trataba de confrontar las diferentes capas que definen nuestra identidad: lo personal, lo familiar, lo laboral… Montserrat, en este contexto, reprime lo personal incluso en sus ademanes, que se convierten en lenguaje de señas robotizado.

En el documental Lo que tú dices que soy, Virginia García del Pino introduce otro aspecto de ese encorsetamiento profesional al centrarse en oficios proscritos. Refleja la hipocresía social que nos lleva a repudiar los trabajos que nos dan de comer (matarife, cuidador de cerdos), que nos evitan la visión de la podredumbre (enterradores), que sacian nuestra libido (stripper) o que evidencian la precariedad laboral (Encarna se autodenomina “parada intermitente”). Paralelamente, estas personas asumen con aplomo el rechazo que despiertan, y en su lucidez subrayan el absurdo de los prejuicios:

Lo que tú dices que soy

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Paisajes nocturnos de Cristina Fontsaré

En los últimos años, las cámaras fílmicas y fotográficas han desplazado sus objetivos desde los centros urbanos hacia las áreas suburbiales. El cineasta Todd Solonz y el fotógrafo Gregory Crewdson son quizás los exponentes más significativos de esta tendencia que descubre en las zonas residenciales el germen de los traumas contemporáneos. En estos reductos idílicos lindantes con la naturaleza afloran miedos endémicos y deseos incumplidos que el ajetreo metropolitano mantenía silenciados. Crewdson opone a la fotografía instantánea una puesta en escena que simula un fotograma, con lo que refuerza la influencia del imaginario cinematográfico en la construcción de estos sentimientos de desarraigo y frustración.

Cristina Fontsaré no es ajena ni a este tipo de fotografía interesada por la estética escenográfica ni al análisis del potencial psíquico de esos territorios situados en el umbral entre lo natural y el artificio. Pero Cristina se separa de esta tendencia americana en primer lugar por la intervención de lo autobiográfico. Sus series fotográficas nocturnas retratan lugares familiares para la artista, cercanos a su casa o por los que transitaba a diario. A primera vista lo personal parece ausente, pero cuando revisitamos esas imágenes nos damos cuenta que es precisamente esa ausencia lo que delata una presencia siempre latente. A diferencia de las fotos de transeúntes noctámbulos que Philip-Lorca Di Corcia rescata del anonimato y el bullicio bañando sus rostros con halos luz eléctrica, los retratados por Fontsaré no nos hacen sentir voyeurs de una realidad ajena. La artista no trata de individualizar a esos adolescentes; más bien adquieren la inconsistencia de un flash mental. El mismo tratamiento recibe la arquitectura de extrarradio: gasolineras, letreros, piscinas, casas aisladas y polideportivos adquieren tintes espectrales. Como dólmenes postindustriales, su rígida geometría se recorta sobre un cielo azul cobalto, y saturados de luz parecen irradiar los últimos destellos antes de fundirse en la nada.

En estas series (desde Visiones nocturnas a Protect me) acontece cierta desposesión de la realidad inmediata, y en este proceso de extrañamiento la artista abraza otra realidad, huidiza en tanto que está más lejos pero también más cerca, donde lo fáctico, lo recordado y lo deseado son inextricables.

Ya Ballard presagió la inquietante belleza de estas zonas arqueológicas del futuro, cuyo vacío sólo puede ser repoblado por fantasmas interiores. Pero no son fantasmagorías siniestras lo que vemos en las fotos de Cristina sino el fruto de una pausada introspección.

La exposicion Protect me puede verse en el DA2 de Salamanca hasta octubre.

Ciudades invisibles

París, MontparnasseEs difícil desprenderse de tópicos culturales cuando la industria turística museiza hasta las más anecdóticas costumbres vernáculas. Atsuko Arai ironiza sobre ello al proponernos tours por el mundo sin salir de nuestra propia ciudad: en tu mismo barrio puedes encontrar, si tomas el encuadre mental oportuno, todo un catálogo de ciudades-postal y saciar así tu sed de exotismo. Nos impele a descubrir la singularidad en nuestro entorno y la familiaridad en lo foráneo. También pone su empeño en re-cartografiar el suelo comunitario: abre oficinas de turismo en las que oferta visitas que podríamos llamar psico-geográficas, y rastrea las huellas de lo vivido entre los escombros de la fiebre inmobiliaria.

Se parquematiza todo aquello que no es susceptible de ser estandarizado, de ser convertido en lugar genérico o no-lugar. El único reducto sin conquistar por las políticas patrimoniales es la imaginación de cada uno. Es de ese bastión individual del que se admiraba el emperador Khan al escuchar los relatos de viajes de Marco Polo. “Las ciudades invisibles” son fortalezas inviolables porque no pueden localizarse ni en el mapa ni el tiempo.

Así parece considerarlo también Susi Marques en un video que tituló con ese mismo nombre, “Les ciutats invisibles”. La autora consigue engatusarnos hasta el final haciéndonos recorrer resorts abandonados, zarpar de muelles industriales de algún país asiático, comer en un “dinner”-vagón anclado en algún yermo yanqui. Asistimos a romerías, a bailes con tambores africanos, interrumpimos rezos árabes y paseamos por amplias avenidas que parecen californianas. Seguimos en todo momento a una viajera solitaria de rasgos latinos. Rancheras, guitarras flamencas, tambores africanos, flautas árabes… ambientan cada escenario. Y todo ello sin movernos de Barcelona. Como Arai, Marques se burla de nuestra sed de exotismo encapsulado al tiempo que logra erosionar por un momento la disneyficación del folclore.

a.a.