Vidas ficcionadas, ficciones reales

El vértigo de vivir inmersos en el simulacro, que artistas y filósofos de las últimas décadas han transmitido en sus obras, está siendo encauzado hacia terrenos menos traumáticos. La creciente indistinción entre realidad y ficción que sentimos puede hacernos dudar de la autenticidad de nuestras vivencias, pero también puede intensificarlas y enriquecerlas de modo creativo.

Es lo que nos sugiere el trabajo de artistas como Sergi Botella y Antoni Hervas, que favorecen la plurivocidad en las narrativas sobre la propia biografía. Uno de los primeros proyectos de Sergi Botella consistía en una entrevista a su madre en la que ella debía contestar preguntas sobre aspectos negativos de su hijo. Al editar el video Sergi tergiversó el sentido de las respuestas. Esta doble vertiente, autobiográfica y falseadora, sigue dominando en su obra. Toma como referentes programas de telerrealidad mezclados con sus propias experiencias: una mesa redonda sobre Sergi con su psicoanalista, familiares y el comisario de la muestra como participantes; la escenificación dramatizada de su vida; fotografías tomadas en el festival de música de los Monegros con las que justificaba no poder entregar la obra a la galería por encontrarse disfrutando del mismo…

Las historietas de Antoni Hervas son puro diario gráfico. Si en el cómic underground de los sesenta, introducir temas turbios como las drogas, la familia disfuncional y el porno supuso un revulsivo para un género que hasta entonces había estado destinado al público infantil, en el siglo XXI  lo que puede resulta rompedor es, por ejemplo, dedicar todo un fanzine a las relaciones entrañables entre el dibujante y su abuela.  Es lo que hizo Hervas: con la abuela convertida en icono pop y cómplice de las obsesiones de su nieto, las viñetas muestran una perfecta osmosis creativa entre ambos. Pero no hay nada naïff en los relatos de Hervas. Lo siniestro a menudo resquebraja la fachada familiar, como en los cómics de sus admirados Charles Burns y Robert Crumb. Pero aun así, el hedonismo y el espíritu lúdico predominan en estas incursiones en la privacidad.

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