Desmontando mitos

Toda cultura precisa de héroes y mitos para creer en sí misma. Para los antiguos griegos prácticamente no existía distinción entre la historia y la mitología: la segunda les servía para entender el curso de los acontecimientos. Los romanos, de temperamento escéptico y racional, tildaban de supersticiosa esa asimilación entre ambas disciplinas. La fisura entre la leyenda y la realidad fue prevaleciendo a lo largo de la historia de la civilización occidental, sobre todo a medida que el laicismo fue imponiéndose. Pero esta separación no es del todo lícita: la historia, reciente y lejana, siempre ha sido y será fabulada.

María Ruido, con cada uno de sus proyectos, en los que interviene foto, video documental y footage, va arrancando algunas ruedecillas del engranaje que mantiene la ficción consensuada que llamamos historia, desactivando así los imaginarios impuestos por el poder, sustituyéndolos por imaginarios de los propios sujetos, que restauren el control sobre el cuerpo individual como fuerza política. Esta artista practica la arqueología social en lugares tapiados por la memoria histórica, lugares donde las vidas privadas se desposeyeron de lo particular para pasar a engrosar estadísticas y eventos memorables. Extrae vestigios de esos otros pasados que sólo pueden ser contados desde lo personal y desde lo que fue censurado:

“Lo que no puede ser visto debe ser mostrado”

En sus últimos proyectos, Ariadna Parreu radiografía con ojo clínico arquetipos locales convertidos en quintaesencia del catalanismo. Al transcribir un discurso de Pep Guardiola a soneto shakesperiano, al mostrar cómo entidades bancarias se identifican con los valores que Guardiola encarna (“seny”, ambición, rendimiento, superación…), al reducir los protocolos y emblemas (trofeos del Barça, por ej.) a pictogramas, figuras geométricas y fórmulas matemáticas, Ariadna certifica el absurdo de todo este modus operandi que erige ídolos modelados a su imagen, la imagen de la vacuidad.

Triunfo y orden

En consonancia con sus historias visuales autobiográficas (que reseCaja Madrid, Barcelonañamos en otro artículo), donde mitifica personas de su entorno, donde conviven realidad y ficción, memoria colectiva y personal, Antoni Hervas también realiza proyectos en los que ironiza sobre los procesos de mitificación que empañan la vida social. ¿Qué tienen en común los jugadores blaugrana y los caballeros medievales en busca del Santo Grial?, ¿cómo vincular los relatos épicos de la ciudad de Barcelona con la historia de su propia familia? Incógnitas de Hervas resuelve con humor y espíritu edonista.

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Dime lo que haces y te diré quién eres

La balanza que equilibra nuestra personalidad entre la profesión que ejercemos y lo que realmente somos se inclina cada vez más hacia el primero. Utilizamos las redes sociales para asegurar nuestro anclaje como profesionales de un sector, y nuestra identidad real (asentada sobre un mundo relacional mucho más cercano) se difumina ante la imperiosa necesidad de ir tejiendo esa trama de influencias.

Mireia c. Saladrigues dedicó uno de sus proyectos a una vigilante de la Fundación Miró de Barcelona. Le pidió a Montserrat Saló que escribiera un libro sobre su experiencia como celadora. Una vez editado, los ejemplares de ese diario personal fueron custodiados por ella misma en la sala donde ejercía de guarda jurado. En esta situación Montserrat debió enfrentarse a sentimientos encontrados, porque el ejercicio de sus funciones se veía constantemente interrumpido por el impulso de comunicar a los visitantes la autoría de ese libro que se exhibía sobre una peana.

En un proyecto más reciente, presentado en Onomatopee, Saladrigues retoma la figura de Montserrat. En esta ocasión, la artista disecciona los gestos de la autoridad en una institución museística, personificada en una celadora. La exposición colectiva, Who told you so, trataba de confrontar las diferentes capas que definen nuestra identidad: lo personal, lo familiar, lo laboral… Montserrat, en este contexto, reprime lo personal incluso en sus ademanes, que se convierten en lenguaje de señas robotizado.

En el documental Lo que tú dices que soy, Virginia García del Pino introduce otro aspecto de ese encorsetamiento profesional al centrarse en oficios proscritos. Refleja la hipocresía social que nos lleva a repudiar los trabajos que nos dan de comer (matarife, cuidador de cerdos), que nos evitan la visión de la podredumbre (enterradores), que sacian nuestra libido (stripper) o que evidencian la precariedad laboral (Encarna se autodenomina “parada intermitente”). Paralelamente, estas personas asumen con aplomo el rechazo que despiertan, y en su lucidez subrayan el absurdo de los prejuicios:

Lo que tú dices que soy

Raisa Maudit dispara contra la infelicidad endémica

brianyyoAlgunas premoniciones de Gilles Lipovetsky sobre el porvenir del individualismo se han visto sutilmente truncadas desde que las expusiera en los años ochenta. Si bien seguimos viviendo en una era vacía, sin valores a los que aferrarnos, la indiferencia hedonista hacia el mundo de la que hablaba el autor ha tocado fondo. La evasión de lo social ya no es factible. Las promesas de aislamiento a la carta, seleccionando desde nuestro cubículo emocional aquellos canales de información que más se adecuan a nuestro ánimo peregrino, ya no se cumplen.

Cuando la realidad exterior agrede lo personal ya no se puede soslayar. Cuando la propia subsistencia del arte se ve amenazada, no es raro que el artista acuse un mayor compromiso con lo social. Pero sólo desde el escenario se puede abordar lo real. Raisa Maudit escenifica en sus proyectos la insostenibilidad del narcisismo auspiciado por el tardo-capitalismo. En Y fueron felices y comieron perdicespartía de una cita extraída de La era del vacío para expresar con altas dosis de humor esa contradicción entre el ansia de soledad generalizada y la dificultad de soportarse a uno mismo. Salvaje de corazón también ponía en escena la imposibilidad dcartel promo FARTe sentir más allá de las palpitaciones del propio ego consumista. La propia artista interpreta en cada caso los diferentes papeles con los que caricaturiza la laxitud contemporánea.

Abundan en su imaginario alegorías escatológicas y sexuales con las que ironiza sobre la abulia existencial (la trivialidad de las relaciones en Conformismo del meta-amor plástico), pero también sobre el estado paupérrimo en que se encuentran los artistas: Raisa convertida en un “bebé gigante” para ilustrar el trato que reciben los artistas dentro del andamiaje institucional y mercantil; Raisa siendo entrevistada como artista estrella en una prestigiosa Feria de Arte, apareciendo magullada y violada (pero contenta) ante la cámara; o la “residencia masturbatoria” de artistas en casa de Raisa. En fin, los artistas como pajeros mentales, onanistas, masoquistas… afortunados por disfrutar trabajando.

Como artista pirata, Maudit se masturba con una langosta de Jeff Koons o usurpa el lugar de la modelo de François Boucher en Desnudo sobre abismo. Si en sus citas a Koons se adivina cierta admiración hacia el doble juego de este artista (sarcástico con el sistema que lo encumbra), la apropiación del cuadro de Boucher le sirve para ironizar sobre la náusea de sentirse al borde de un precipicio vital. La pasividad de la modelo-fetiche repantigada en el sofá sustituida por una provocativa vedette desafiando al abismo. Raisa reivindica la naturaleza subversiva de los personajes duales, también en sus alusiones al cine de David Lynch (Laura Palmer o Isabelle Rossellini en Blue Velvet).

cultura suicidio carta 2La artista incita a la acción en cada uno de sus proyectos. En el work-in-progress La cultura del suicidio invita a los espectadores a escribir cartas, redactar su visión personal del aluvión de suicidios, hablar sobre sus propias experiencias y las de sus allegados. También imparte charlas abiertas y, en definitiva, reflexiona sobre el sentimiento colectivo de fracaso. Lipovetsky decía que la conciencia narcisista era incompatible con la idea del suicidio, que el hombre postmoderno se deprimía pero no se quitaba la vida porque el sentido trágico era cosa del pasado. Pero la política de la seducción, que lo ha mantenido a raya hasta ahora, ha dejado de ser operativa.

Ciudades invisibles

París, MontparnasseEs difícil desprenderse de tópicos culturales cuando la industria turística museiza hasta las más anecdóticas costumbres vernáculas. Atsuko Arai ironiza sobre ello al proponernos tours por el mundo sin salir de nuestra propia ciudad: en tu mismo barrio puedes encontrar, si tomas el encuadre mental oportuno, todo un catálogo de ciudades-postal y saciar así tu sed de exotismo. Nos impele a descubrir la singularidad en nuestro entorno y la familiaridad en lo foráneo. También pone su empeño en re-cartografiar el suelo comunitario: abre oficinas de turismo en las que oferta visitas que podríamos llamar psico-geográficas, y rastrea las huellas de lo vivido entre los escombros de la fiebre inmobiliaria.

Se parquematiza todo aquello que no es susceptible de ser estandarizado, de ser convertido en lugar genérico o no-lugar. El único reducto sin conquistar por las políticas patrimoniales es la imaginación de cada uno. Es de ese bastión individual del que se admiraba el emperador Khan al escuchar los relatos de viajes de Marco Polo. “Las ciudades invisibles” son fortalezas inviolables porque no pueden localizarse ni en el mapa ni el tiempo.

Así parece considerarlo también Susi Marques en un video que tituló con ese mismo nombre, “Les ciutats invisibles”. La autora consigue engatusarnos hasta el final haciéndonos recorrer resorts abandonados, zarpar de muelles industriales de algún país asiático, comer en un “dinner”-vagón anclado en algún yermo yanqui. Asistimos a romerías, a bailes con tambores africanos, interrumpimos rezos árabes y paseamos por amplias avenidas que parecen californianas. Seguimos en todo momento a una viajera solitaria de rasgos latinos. Rancheras, guitarras flamencas, tambores africanos, flautas árabes… ambientan cada escenario. Y todo ello sin movernos de Barcelona. Como Arai, Marques se burla de nuestra sed de exotismo encapsulado al tiempo que logra erosionar por un momento la disneyficación del folclore.

a.a.